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domingo, 29 de mayo de 2011

Say hello, to goodbye.




Acabaron los exámenes y por suerte el esfuerzo ha venido acompañado de unos buenos resultados, de esos que te alegran una semana de Norte a Sur. Tal vez, ahora solo debería pensar en selectividad, en estar bien concentrada pero no es así.
Y no le debo a nadie más la alegría de estos días, únicamente a ellos: mamá, papá, Aron, Alicia y a la "tontadelculo" de Gracia. Y nadie más se merece las gracias. Me gustaría poder dártelas a tí también, pero realmente, no las mereces. 
Además, aquel sitio donde suelo esconderme y gritar últimamente solo consigue desanimarme.
Supongo que será normal, que de vez en cuando no sale el sol de golpe y cuando está a punto de salir a pintarte la sonrisa comienza a llover tan fuerte que la lluvia consigue borrarla hasta no dejar nada.

A veces me pregunto si realmente es importante compartir con los que más quieres tu felicidad, tus momentos. Al menos para mí no hay cosa mejor, pero, me asusta saber que solo los que realmente te quieren estarán dispuestos a compartirlos y a potenciar tu alegría porque si fuese así tú no estarías en el pack. 
Me cuesta entender los motivos, tanto, que empiezo a pensar que no los hay, que ya no queda más que mis discursos de "abre los ojos, date cuenta", que lo que para mí es todo, para tí es un pequeño algo, que está ahí, pero si no lo sientes da igual. Y esque cuando aquello que llamamos algo desaparece solo queda ese algo llamado nada.

Impotencia, creo que esa es la palabra. La impotencia de saber que cuando des el cien por cien recibirás el cuarenta y cinco, que tu forma de preocuparte es únicamente tuya, y que no recibirás la misma preocupación hacia tí. Saber que dependes de un alguien, de un algo, de unos momentos y que para otros solo SUS momentos son lo que cuentan. Porque eres incapaz de decir "me voy" sin derrumbarte, y que otros vendrán sonriendo con los ojos llenos de seguridad para decirte "¡me voy!" sin preocupación, sin importancias y es entonces cuando pienso que cuando para tí el tiempo hace que todo crezca, madure, que todo sea sólido, importante, imprescindible, para otros lo hace ridículo, invisible, enano. 
Es horrible ver como alguien no es claro, como te piden algo a gritos y sin despegar los labios.

Tal vez, sea hora de pensar en mí, en qué merezco de los demás, en qué me he ganado todo este tiempo. Tal vez, sea el momento de llorar, de explotar para mañana poder decir: soy fuerte. Pues mis discursos viven con la esperanza de respuestas, de ser tomados en serio, valorados, pero la esperanza desaparece y comienza a saludar al adiós.

-Necesito que mis discursos no duren un día, que mis discursos le rebienten tanto los oídos que derrepente se le abran los ojos, que se ponga en situación desesperante, y que si alguna vez no soy yo la que sujete su mano tenga que escribirle estos discursos a alguien, 
para ver, para dejar de ser ciego, para sentir, y para sentir que otros ya no sienten.-

Clo.

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