Seguidores

miércoles, 17 de octubre de 2012

Un denada enorme.

Llegar a ver quien está y quien fue, quienes pensé que estaban y nunca fueron y quienes pensé que no eran y siempre estuvieron.
La distancia es de lo más sincera, tal vez demasiado. Pero toda sinceridad es poca cuando se trata de llegar a respirar por alguien hasta a 450 km. No lo se, no se si con el tiempo adquirimos esa capacidad de valorar que nos hace pronunciar un mísero “gracias”. Ni siguiera un “muchas gracias” o un “gracias por todo”. De hecho, creo que valdría con un gesto. No son necesarias las palabras cuando se trata de valorar por qué alguien te regaló su tiempo.

Me dejé la piel. Claro está que me dejé la piel. No fue cualquier cosa y sé que podría dejármela infinitas veces más. Y si, a pesar de todo siempre sigo ahí. Directa o indirectamente siempre hay algo que me empuja a estar. No se si es bueno o, tal vez, solo tierra en mi propio tejado. Supongo que agradecemos más a quien está de vez en cuando que a quien te acostumbra a respirar por ti. Lo que tengo claro es que si  ese “quien” estuvo ahí, si me dio algo, fuese más o menos, no permitiría que hundiese ese tejado y, mucho menos, nunca caería en él ni la más pequeña piedra de mis manos.
Podría llamar “sorpresa” al descubrimiento de aquellos que llevan tiempo siendo y que nunca creí que eran. Son una sorpresa, desde luego. Pero, a esos que llevan siglos siendo y siglos estando creo que nunca habrá un gesto, ni un mísero gracias, ni siquiera un muchas gracias capaz de pesar tanto como su presencia.

Esto no es abstracto. Somos mi cabeza y yo.

Clo.